En caliente, por Diego Carasusán*
Sigo creyendo
La temporada pasada, a falta de cinco jornadas para acabar la Liga, la Real tenía el ascenso en la mano. Pese a ello, muchos mirábamos el calendario y, haciendo gala de nuestro ancestral pesimismo txuri-urdin, pocos veíamos que fuéramos a ascender.
Haciendo partícipes de mis malos augurios a futboleros de mi entorno, todos veían con claridad que el ascenso realista era un hecho. Yo me esforzaba por hacerles ver que la cosa estaba muy chunga.
Mi razonamiento era el siguiente: Perderíamos en Sevilla contra el Betis, un equipo que siempre se nos ha dado muy mal en su feudo y que pugnaba con nosotros por ascender. Luego no seríamos capaces de ganar a un gallito de la categoría como el Villarreal B, que jugaría en Anoeta sin presión alguna. Luego caeríamos en Cádiz, otro campo del sur en el que los locales se jugaban el descenso a Segunda B. El tortazo final llegaría en casa contra el Celta de Vigo, auténtica bestia negra de la Real en la temporada del subcampeonato. Para rematar la faena, y en el mejor de los casos, pensaba llegar con alguna mínima opción de ascenso al campo del Elche, donde, por supuesto, tampoco ganaríamos al enfrentarnos al portero maldito para la Real, Willy Caballero; y al pichichi de la temporada, Jorge Molina.
Tan convencido estaba del desastre, que llegué a apostar bastantes euros en contra de la Real ante varios de esos futboleros que no veían semejante hundimiento por ningún lado.
Como seguramente recordarán, perdimos en Sevilla en uno de los atracos a ‘silbato armado’ más sonados de nuestra historia más reciente, pero ganamos al Villarreal B con un estadio volcado y unos jugadores mordiendo en todas las esquinas del terreno de juego. Luego logramos ganar con relativa facilidad al Cádiz en una tarde calurosa de las que, a priori, se le atragantan a la Real y, por fin, llegó el ascenso ante un Celta de Vigo que no llegó a ser amenaza alguna. El partido del Elche, ese que creía iba a ser el primero de una nueva temporada en Segunda División, nos sobró.
Ahora, como hace un año, veo imposible ganar al Barcelona en Anoeta y menos aún al Valencia en su estadio. Creo que el Zaragoza nos mojará la oreja en casa y que el Sevilla nos aplastará en su estadio donde se estarán jugando una plaza europea. Así, llegaremos al último partido contra el Getafe en puestos de descenso y ni siquiera una victoria ante los madrileños nos servirá para salvarnos. ¡Estamos en Segunda otra vez!
Al igual que entonces, mis amigos futboleros dicen que la Real no pasará problemas para mantener la categoría. Pero yo no veo solución alguna a esta caída libre sin frenos que llevamos padeciendo desde hace dos meses.
De todos modos, hay una cosa distinta. Aquel 13 de junio de 2010 me prometí a mi mismo no volver a dudar de la Real Sociedad. Ese día, mi equipo me demostró que todo puede ser distinto si se cree en uno mismo y se trabaja duro y con fe para conseguir lo que se quiere. Aquel 13 de junio de 2010 algo cambió en mi interior. Aprendí que nunca hay que tirar la toalla mientras se tenga una mínima esperanza. La anterior generación de realistas sabe mucho de eso por aquel extraordinario logro que se alcanzó en Gijón una tarde de abril de 1981.
Este equipo es capaz de lo peor, eso lo sabemos todos, pero también ha demostrado poder hacer cosas maravillosas.
Por todo esto, yo creo (y lo haré siempre) en mi querida Real.
*Diego Carasusán es escritor (autor del libro "Txapeldunak" en conmemoración de los 25 años de la primera Liga de la Real), presidente de la Peña Real Tudela y periodista del Diario de Navarra.
Haciendo partícipes de mis malos augurios a futboleros de mi entorno, todos veían con claridad que el ascenso realista era un hecho. Yo me esforzaba por hacerles ver que la cosa estaba muy chunga.
Mi razonamiento era el siguiente: Perderíamos en Sevilla contra el Betis, un equipo que siempre se nos ha dado muy mal en su feudo y que pugnaba con nosotros por ascender. Luego no seríamos capaces de ganar a un gallito de la categoría como el Villarreal B, que jugaría en Anoeta sin presión alguna. Luego caeríamos en Cádiz, otro campo del sur en el que los locales se jugaban el descenso a Segunda B. El tortazo final llegaría en casa contra el Celta de Vigo, auténtica bestia negra de la Real en la temporada del subcampeonato. Para rematar la faena, y en el mejor de los casos, pensaba llegar con alguna mínima opción de ascenso al campo del Elche, donde, por supuesto, tampoco ganaríamos al enfrentarnos al portero maldito para la Real, Willy Caballero; y al pichichi de la temporada, Jorge Molina.
Tan convencido estaba del desastre, que llegué a apostar bastantes euros en contra de la Real ante varios de esos futboleros que no veían semejante hundimiento por ningún lado.
Como seguramente recordarán, perdimos en Sevilla en uno de los atracos a ‘silbato armado’ más sonados de nuestra historia más reciente, pero ganamos al Villarreal B con un estadio volcado y unos jugadores mordiendo en todas las esquinas del terreno de juego. Luego logramos ganar con relativa facilidad al Cádiz en una tarde calurosa de las que, a priori, se le atragantan a la Real y, por fin, llegó el ascenso ante un Celta de Vigo que no llegó a ser amenaza alguna. El partido del Elche, ese que creía iba a ser el primero de una nueva temporada en Segunda División, nos sobró.
Ahora, como hace un año, veo imposible ganar al Barcelona en Anoeta y menos aún al Valencia en su estadio. Creo que el Zaragoza nos mojará la oreja en casa y que el Sevilla nos aplastará en su estadio donde se estarán jugando una plaza europea. Así, llegaremos al último partido contra el Getafe en puestos de descenso y ni siquiera una victoria ante los madrileños nos servirá para salvarnos. ¡Estamos en Segunda otra vez!
Al igual que entonces, mis amigos futboleros dicen que la Real no pasará problemas para mantener la categoría. Pero yo no veo solución alguna a esta caída libre sin frenos que llevamos padeciendo desde hace dos meses.
De todos modos, hay una cosa distinta. Aquel 13 de junio de 2010 me prometí a mi mismo no volver a dudar de la Real Sociedad. Ese día, mi equipo me demostró que todo puede ser distinto si se cree en uno mismo y se trabaja duro y con fe para conseguir lo que se quiere. Aquel 13 de junio de 2010 algo cambió en mi interior. Aprendí que nunca hay que tirar la toalla mientras se tenga una mínima esperanza. La anterior generación de realistas sabe mucho de eso por aquel extraordinario logro que se alcanzó en Gijón una tarde de abril de 1981.
Este equipo es capaz de lo peor, eso lo sabemos todos, pero también ha demostrado poder hacer cosas maravillosas.
Por todo esto, yo creo (y lo haré siempre) en mi querida Real.
*Diego Carasusán es escritor (autor del libro "Txapeldunak" en conmemoración de los 25 años de la primera Liga de la Real), presidente de la Peña Real Tudela y periodista del Diario de Navarra.