28/03/12

En caliente, por Diego Carasusán*

El Bernabéu


Visitar el Bernabéu suele ser sinónimo de derrota. No hoy, sino siempre. Huelga decir que el coliseo blanco es uno de los estadios que peor se le han dado históricamente a la Real. Cualquier aficionado realista recuerda el 0-4 de Copa del Rey en tiempos de Bakero, Beguiristain y compañía o aquel partido en el que Xabi Prieto se mostró al mundo con una exhibición de juego y goles, incluyendo un penalti a lo Panenka. Y todos lo recordamos porque son victorias excepcionales, ya que lo normal allí es perder.

En cualquier caso, en mi historia personal puedo alardear de haber visto a mi querida Real dos veces en el templo madridista y las dos veces salí de allí invicto. La primera fue el año del subcampeonato, cuando un honroso empate a cero dejaba claro que la Real iba a por la Liga; y la segunda fue un par de temporadas después. En esta última ocasión un servidor y su futura señora salimos del Bernabéu con empate a uno en el marcador, pero con la amenaza de una bomba. Quedaban 6 minutos para el final del partido y el encuentro se suspendió hasta nueva orden por culpa de algún tarado que llamó diciendo que pocos minutos después iba a explotar un artefacto en una de las gradas del estadio. Pasado el susto, y ya de regreso a Tudela, sonreí pensando las paradojas que tiene la vida: siempre había querido ver el Bernabéu demolido hasta sus cimientos, y para una vez que eso puede ocurrir, ¡me encuentro yo dentro al lado de la dinamita! ¡Manda huevos!

Aquel partido se reanudó un mes después y todo buen realista sabe cómo finalizó. Y es que la derrota en el feudo del Madrid es algo que entra dentro de los presupuestos de puntuación que cualquier equipo, incluido el Barcelona, hacen a principio de temporada. Pero hay formas y formas de perder.

Desde pequeño recuerdo a la Real salir del Bernabéu derrotada una y otra vez, pero con la cabeza alta. Por aquel entonces, el centro de las iras de la afición realista solía ser el árbitro. Ese tipejo de negro que había expulsado a uno de nuestros jugadores de forma injusta, que no había visto el claro fuera de juego en el que estaba Hugo Sánchez al marcar el primer gol y que había picado al señalar penalti en el último minuto ante un nuevo piscinazo de Butragueño.

El pasado sábado también sentí indignación, pero esta vez no era el árbitro el centro de mi malestar. De hecho, no tuve ni que esperar al final del partido para mosquearme. Es más, ni siquiera tuve que aguardar a ver la alineación para corroborar mis temores. La derrota ya estaba anunciada desde días atrás y el pregonero fue nuestro propio entrenador. Cuando un técnico fía cualquier esperanza de puntuar en un campo como el Bernabéu a llegar vivo al final del partido, ya ha perdido. Quizás no en el marcador, porque en el fútbol todo puede pasar, pero el mensaje inicial es el propio de un equipo sin casta, sin raza, sin genio, sin carácter… Ese mensaje lo mandan los perdedores. Aquellos que solo piensan ganar si el otro pierde. Y así no se va a ningún sitio.

El resultado ya lo saben. El partido ya estaba sentenciado para mucho antes de que acabara la primera parte y la goleada se ratificó a los 10 minutos de la reanudación. La humillación no fue mayor porque el Madrid levantó el pie del acelerador, pero ya se había encargado Montanier de colocar a Xabi Prieto (sí, ese mismo del gol a lo Panenka) en el lateral izquierdo para sonrojo de cualquier realista con algo de amor propio.

Hay maneras y maneras de perder y yo prefiero morir de pie antes que aspirar a rascar un misero punto en el circo romano de Madrid con tres centrales y dos laterales en la alineación inicial.

El domingo, a las 21.30 horas, viene el Rayo Vallecano a Anoeta en un partido crucial para el devenir final de la Liga y de nuestro equipo. Si Montanier trata al Rayo con el respeto debido y no como si fuera el Inter de Milán, quizás logremos llegar al final del partido con vida para intentar empatar…, ¡Ay Montanier, Montanier!


*Diego Carasusán es escritor (autor del libro "Txapeldunak" en conmemoración de los 25 años de la primera Liga de la Real), presidente de la Peña Real Tudela y periodista del Diario de Navarra.